Tú, eterna
alma gemela, joven y alegre. Embellecías mis días con tu sonrisa contagiosa y
sincera. Me hacías olvidar las penas y entre tus brazos recibía el calor que a un recién nacido sosiega.
Tan solo
contigo supe que era amar sin reservas. Conocí el dolor del amor y la traición. Siempre
en tu compañía encontré un amor muy tierno.
Te confieso
que ese día te odie. Te confieso que el día que sentí tu lejanía mi mundo se
derrumbó, me sentí perdida cual niño abandonado. Fue la médula de mi sangre la
que heriste y no ha vuelto a regenerarse en mis entrañas la confianza. Te confieso
que no supe enfrentarlo y cerré mi corazón a tu voz para que no volviera a
herirme el recuerdo. Me cerré en tal manera que me volví fría e insensible. Tú
que eras parte de mi historia, tú que formabas el núcleo de mis consejeros, te alejaste. Ahora sufro
el síndrome del enfermo que te ve por todas partes y todas las mujeres llevan
tu sello.
Decir que me
abandonaste suena infantil, ¿pero qué puedo hacer si el resentimiento de traición me
embriaga? Es como el mar agitado embravecido por la luna llena. Es como león que
ruge espantando a su presa que sale despavorida sin pensar que corre justo
hacia las garras de las leonas guerreras.
Tú, amada y
atesorada mujer de mi vida. De verdad te digo que tu amistad me hizo ver brillar la luz en mi mediodía bombardeado. Tus oídos siempre abiertos escucharon mi corazón
y en tu casa viví lejos de mi temor.
Dime como
vivir ahora una vida paralela a la tuya, Te juro que mi alma se estremece aun de dolor y los gemidos salen de
mi vientre a tu recuerdo. Que las lagrimas son el riego que apaciguan el ardor
de mi corazón y que el dolor aun me ciega. Lloro por ti y lloro por mí.
Porque yo no
he dejado de amarte y desear volver a abrazarte. Oh amada y adorada mujer. Te juro
que cada que pienso en ti vuelvo a llorar con la misma frescura de cada herida,
como si volvieras a morir otra vez entre mis brazos. Te digo que la muerte es
mejor que tu distancia porque al menos hubieras muerto siendo mi madre, siendo
mi amiga.
¿Qué no entiendes que yo también morí cuando te fuiste? No te reprocho tu desilusión ni el desencanto de la vida. Te amo como eres. No mal interpretes mi dolor. Oro a Dios que nuestro último aliento lo pasemos juntas en comunión y alabando a nuestro Redentor. Encuentra la paz. Encuentra tu plenitud en Jesús y no olvides los banquetes a los que asististe en Su presencia, tú me enseñaste a ser una mujer de fe y de oración, me advertiste de no recorrer los senderos del pecado y me dijiste que tú fuiste mi ejemplo de lo que sucede cuando se está lejos de Dios.
¿Qué no entiendes que yo también morí cuando te fuiste? No te reprocho tu desilusión ni el desencanto de la vida. Te amo como eres. No mal interpretes mi dolor. Oro a Dios que nuestro último aliento lo pasemos juntas en comunión y alabando a nuestro Redentor. Encuentra la paz. Encuentra tu plenitud en Jesús y no olvides los banquetes a los que asististe en Su presencia, tú me enseñaste a ser una mujer de fe y de oración, me advertiste de no recorrer los senderos del pecado y me dijiste que tú fuiste mi ejemplo de lo que sucede cuando se está lejos de Dios.
Te odio por el dolor que me causas por las hirientes lágrimas que desgarran mi pecho. Te
odio por enseñarme tú a amar a pesar del horror que en el corazón se
concibe. Te odio por haberme amado y ser tan amable y después partir.
Te odio con
la pasión del amor y la ternura del perdón. Te odio con la candente flama de la
fe y la esperanza. Te odio con la certeza de nuestra reconciliación.
-Mariana Alemán


